Con buena agua de riego se cosechan unas frutillas sanas. En Ecuador, se cultiva la fruta bajo dos sistemas: hidroponía y en camas o mulch de tierra. Si el agua no es tratada, existe el riesgo de contagio de parásitos.
Parecen pequeños bombillos rojos. Las frutillas cuelgan de cientos de tubos de plástico. Para ser exactos, de 1 462  de dos metros de alto, plantados s en hileras en menos de un cuarto de hectárea de terreno.
El cultivo crece en Checa, una parroquia rural a la que se llega en 45 minutos desde Quito.

Es lunes de cosecha. El cielo está azul y el sol agobia a las mujeres agachadas que recogen las frutillas, en las parcelas que aparecen en el camino.

Sin ningún recelo, la agricultora  Lucila Salinas arranca una frutilla de la planta y se mete a la boca. "Es sana y no necesita lavarse". Quienes la acompañan  hacen muecas, por la mala fama de la fruta. La acusan de contagiar bacterias o la triquina, el parásito que provoca la enfermedad de la  cisticercosis.

Salinas dice que la frutilla que comió es segura, porque se cultiva bajo el sistema de hidroponía con tubos de PVC y no en la forma tradicional sobre la tierra.

La de mayor consumo es la segunda, pues el primer sistema es nuevo. Hay otra forma de hidroponía en frutillas que  se desarrollan en Azuay y Tungurahua. Se usan canales metálicos, colocados a un metro del suelo.  

La mujer muestra su cultivo en los tubos. Ramón Ibarra, un familiar suyo, cosecha con guantes y coloca las frutas sobre la espuma flex de las canastillas; así no se estropean. Las canastillas van en una carretilla que se desplaza entre los caminos de los tubos, enterrados  como postes a 30 centímetros de la tierra.

Ibarra, delgado y pequeño, arranca las frutas que brotan de las plantas sembradas en cada uno de los 30 orificios del tubo.

Dentro de los tubos solo hay cascajo, nada de tierra. Allí crecen las plantas y se riegan con el sistema de fertirrigación (a través de mangueras se envía el agua mezclada con fertilizantes químicos, abonos orgánicos y otros). El agua se trata con cloro y ácido cítrico (como gotas de limón) antes de ser usada, porque proviene de canales abiertos comunales contaminados.

Esto y el hecho de que la fruta crezca lejos de la tierra evitan que se contagie, ni siquiera de las babosas, según la agricultora -una egresada de Agronomía.

Cuando las babosas atacan a esta fruta, los campesinos usan un químico, que puede ser un riesgo para el consumidor, expresa Salinas.

Eso pasa con la frutilla que se cultiva en camas o mulch: montículos de tierra en forma rectangular, cubiertos con plástico negro. En Yaruquí, de pequeñas colinas y la cordillera azulada al fondo, cientos de camas  aparecen en el camino de las frutillas. Las mujeres las recorren con prisa arrancado las frutas y botándolas a las cajas de madera que sostienen en  sus espaldas.

Nada las perturba, ni el sol ni el viento. María Yoquilema cubre su cabeza con una gorra   blanca. No quita la mirada del suelo y sigue la fila de la fruta roja.

Ella recibe USD 8 diarios por la cosecha; trabaja para José Cepeda, un agricultor que sembró un poco más de media hectárea con su socio Boris Zurita.

Pusieron el plástico negro e hicieron los orificios, donde sembraron cada planta. Las frutillas están encima del plástico. Esta forma es propensa a contraer los parásitos, según Wilson Vásquez, experto en frutas del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (Iniap).

El fruto se contamina con  bacterias de la tierra y el riego que va por  mangueras, dentro de las camas. Cepeda riega por goteo con agua del cerro Pisque   y aunque sale limpia recorre un largo camino por  canales comunales. 
Vásquez dice que en el trayecto el agua se contamina con basura, el lavado de las bombas de fumigar las chacras o hasta el estiércol de vacas o cerdos.

Pero Boris Zurita, un técnico en el cultivo, responde que sus frutillas no tienen  riesgos. "La planta no absorbe los parásitos por la raíz. He comido la fruta sin lavar y no  ha pasado nada.
Hay personas que no  comen por temor. Mi papá, de 70 años, no lo hace por eso".

Ese tipo de agua sin tratar genera los parásitos, que  salen hasta la superficie del plástico y se alojan en la fruta, dice Vásquez. No hay por qué asustarse, porque  están sobre la piel de la fruta y no dentro. Aunque sí hay que tener cuidado con la triquina, pues, a veces,  se la ha encontrado en los análisis, dice Beatriz Brito, investigadora del Iniap. 

Según Vásquez, casi todos los cultivos se hacen bajo   el  sistema tradicional, aunque  el de Yaruquí es el más tecnificado.

FUENTE: EL COMERCIO (ECUADOR)